Robin Hood
Robin Hood —¡Partid, querido Allan! —gritó Christabel—. Nos separarÃamos para siempre si mi padre nos encontrara juntos.
—¡Pero!… ¿y tú, Christabel, y tú? —dijo Allan en el colmo de la desesperación.
—Yo me quedo… calmaré la furia de mi padre.
—¿Pero estáis segura, Maude, de que vuestro padre nos dejará salir del castillo? —preguntó el hermano Tuck.
—SÃ, sobre todo si no se ha enterado aún de los acontecimientos de la tarde. Vamos, no hay tiempo que perder.
—Pero entramos tres en el castillo —dijo el monje.
—Es verdad —añadió Allan—. ¿Qué ha pasado con RobÃn?
—¡Presente! —exclamó el joven saliendo de su escondrijo.
Christabel dejó escapar un ligero grito por el susto, y Maude acogió a RobÃn con un apresuramiento tan gracioso que el monje frunció las cejas.
Repentinamente se oyó un ruido de pasos en el corredor que conducÃa a la capilla.
—¡Que Dios se apiade de nosotros! —dijo Maude—. Aquà está el barón; en nombre del cielo, ¡marchaos!