Robin Hood

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—¡Cómo! —exclamó el viejo Lindsay, que felizmente ignoraba aún todo lo ocurrido—. ¡Ya nos abandonáis! ¡Y siendo aún de noche! Esperaba beber con vos antes de irme a dormir, hermano Tuck, ¿de verdad tenéis que partir ya?

—Sí, hijo mío —contestó Tuck.

—Entonces, adiós, alegre Gilles; y también vosotros, buenos «gentlemen», ¡hasta la vista!

El puente levadizo bajó, Allan salió del castillo el primero, el monje le siguió tras haber hablado con la joven, la cual no le permitió en esta ocasión darle lo que él llamaba su bendición: un beso, pues aprovechó un momento de distracción del monje para poner sus ardientes labios en la mano de Robín.

Haciendo estremecerse al joven con todo su ser, el beso la afligió profundamente.

—Nos volveremos a ver pronto, ¿verdad? —dijo Maude en voz baja.

—Así lo espero —contestó Robín—, y mientras esperas mi regreso hazme la merced de coger mi arco y mis flechas de la habitación del barón; se lo entregarás a quien venga de mi parte.

—Venid vos mismo.

—¡Sí! Volveré yo. Adiós, Maude.

—Adiós, Robín, adiós.


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