Robin Hood
Robin Hood La noche era tranquila y serena, las claridades de la luna inundaban el bosque, y nuestros tres fugitivos atravesaban con rapidez claros y montecillos, cruzando alternativamente zonas oscuras y luminosas.
El despreocupado Robín enviaba a los cuatro vientos estribillos de baladas de amor; Allan Clare, triste y silencioso, se lamentaba de los resultados de su visita al castillo de Nottingham, y el monje reflexionaba con muy poca alegría sobre la indiferencia de Maude para con él y los agasajos y atenciones que había tenido con el joven guardabosque.
—¡Y bien!, mi jovial Gilles, como dice la encantadora Maude, ¿en qué pensáis? Parecéis tan melancólico como una oración fúnebre.
—Enséñanos el camino de tu casa —contestó el monje en tono brusco— y deja de hablarme a tontas y a locas como un estornino, que es lo que eres.
—No nos enfademos, mi buen Tuck —dijo Robín apenado—. Si os he ofendido ha sido sin querer, y si es Maude la causa, es contra mi voluntad, pues, os lo juro por mi honor, no amo a Maude, y antes de haberla visto hoy por primera vez, ya había dado mi corazón a otra joven…
El monje se volvió hacia el joven guardabosque, le estrechó afectuosamente la mano y dijo sonriendo: