Robin Hood
Robin Hood —No me has ofendido, querido RobÃn, me pongo triste de vez en cuando y sin razón.
—Si no os conduzco a casa de mi padre por el camino más corto —continuó RobÃn tras un momento de silencio—, es para evitar a los soldados que el barón habrá mandado en nuestra persecución en cuanto se haya dado cuenta de nuestra fuga.
—Piensas como un sabio y obras como un zorro, maese RobÃn —dijo el monje—; o no conozco a ese viejo fanfarrón de Palestina o antes de una hora estará pisándonos los talones con una tropa de estúpidos alabarderos.
Nuestros tres compañeros, rotos ya de fatiga, iban a cruzar una encrucijada, cuando, a la luz de la luna, vieron a un jinete bajar a galope tendido la pendiente de un sendero.
—Escondeos tras esos árboles, amigos mÃos —dijo RobÃn—. Voy a ver quien es ese viajero.
Armado con el bastón de Tuck, RobÃn se colocó de forma que atrajese las miradas del extraño; pero éste no le vio y continuó su camino sin frenar el galope de su caballo.
—¡Deteneos! ¡Deteneos! —vociferó RobÃn cuando vio que el jinete no era más que un niño.
—¡Deteneos! —repitió el monje con voz estentórea. El jinete dio media vuelta y dijo: