Robin Hood

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—¡Ah! Si mis ojos no son avellanas, aquí está el padre Tuck. Buenas noches, padre Tuck.

—Bien dices, hijo mío —contestó el monje—. Buenas noches y dinos quién eres.

—¡Cómo, padre! ¿Ya no recuerda Vuestra Reverencia a Halbert, el hermano de leche de Maude, la hija de Hubert Lindsay, el portero del castillo de Nottingham?

—¡Ah! eres tú, maese Hal; ahora te reconozco. ¿Y cuál es la causa de que galopes de esta forma por el bosque pasada la medianoche?

—Puedo decíroslo, pues me ayudaréis a cumplir mi misión: es para entregar al señor Allan Clare una nota escrita por la bella mano de lady Christabel Fitz-Alwine.

—Y para darme ese arco y esas flechas que veo a tu espalda, muchacho —añadió Robín.

Allan gritó:

—La carta, charlatán, dame la carta.

Halbert lanzó una larga mirada de extrañeza y dijo tranquilamente:

—Tened, señor Robín, vuestro arco y vuestras flechas; mi hermana me ruega…

—¡Pardiez, muchacho! —gritó de nuevo Allan—. Dame la carta o te la arranco por la fuerza.

—Como gustéis, señor —respondió tranquilamente Halbert.


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