Robin Hood
Robin Hood —Me arrebato, hijo mÃo —prosiguió Allan con suavidad—, pero esta carta es tan importante…
—No lo dudo, señor, pues Maude me recomendó con insistencia que sólo os la entregase a vos en persona si os encontraba antes de llegar a la casa de Gilbert Head.
Mientras hablaba, Halbert registraba sus bolsillos, metiéndolos y sacándolos; luego, tras cinco minutos de búsquedas simuladas, el pÃcaro dijo en tono lastimoso y apenado:
—¡He perdido la carta, Dios mÃo! ¡La he perdido!
Allan, desesperado, furioso, se precipitó hacia Hal, le desmontó y le echó al suelo. Felizmente, el chico se levantó ileso.
RobÃn le dijo:
—Busca en tu cinturón.
—¡Ah, sÃ! Olvidaba mi cinturón —contestó el joven medio riendo, medio reprochando al caballero con la mirada su inútil brutalidad.
—¿Y el mensaje que me estaba destinado, lo has perdido, amigo? —preguntó RobÃn.
—Lo tengo en mi lengua.
—Suéltalo, escucho.