Robin Hood

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Capítulo XII

Escuchaba el barón negligentemente la lectura de cuentas que le hacía un administrador, cuando Robín, custodiado por dos soldados, y precedido por el sargento Lambic, nombre que habíamos olvidado dar antes, fue introducido en la habitación.

Inmediatamente el impetuoso barón impuso silencio a su lector y se adelantó hacia el grupo lanzando unas miradas que no presagiaban nada bueno.

El sargento miró a su señor, cuyos temblorosos labios se entreabrían, y creyó observar las reglas de la cortesía dejando que hablara él primero: pero el viejo Fitz-Alwine no era hombre que esperase pacientemente que el sargento quisiera darle su informe, por lo que le dio una sonora bofetada como si le dijera: escucho.

—Esperaba… —balbuceó el pobre Lambic.

—Yo también esperaba. ¿Y cuál de nosotros dos debe esperar, por favor? ¿No ves, imbécil, que escucho desde hace una hora?… Pero sepa usted primero, mi querido señor, que ya me han contado vuestras hazañas, y que, sin embargo, os haré la merced de oír por segunda vez el relato de vuestra propia boca.

Lambic contó la detención del verdadero Robín.

—Olvidáis un pequeño detalle, señor; no me habéis dicho que soltasteis, tras haberle capturado, al bribón cuyo arresto me interesaba especialmente. Muy espiritual de vuestra parte, señor.


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