Robin Hood
Robin Hood —¿Pero dónde puede estar? —dijo el extraño estirando el brazo y tanteando con la mano el lecho—. No está acostada; por mi alma que empiezo a creer que Gaspar Steinkoff me dijo la verdad, por la que se ganó un buen puñetazo. Me dijo: «tu hija, Hubert Lindsay, abraza a la gente con la misma libertad con que yo me bebo un jarro de cerveza». ¡El bribón de Gaspar! ¡Atreverse a decirme que una niña que me pertenece, de la que soy el padre, abraza a los prisioneros!…
Unos pasos ligeros y precipitados, el roce de un vestido, el destello de una lámpara, interrumpieron el monólogo de Hubert, que se puso de pie.
Maude no pudo evitar un grito por el susto, y le preguntó con ansiedad:
—¿Por qué estáis aquÃ, padre mÃo?
—Para hablar contigo, Maude.
—Hablaremos mañana, padre; es muy tarde, estoy cansada y necesito dormir.
—No todavÃa, hija —dijo Hubert con gravedad—; quiero saber de dónde vienes y por qué razón no estás acostada todavÃa.
—Vengo de los aposentos de milady, que se encuentra muy mal.
—De acuerdo. Otra pregunta: ¿Por qué eres tan pródiga en besos respecto a ciertos prisioneros? ¿Por qué abrazas a un extraño como si fuera tu hermano? Eso no está bien, Maude.