Robin Hood
Robin Hood Entonces se dio cuenta de que los viajeros habían cogido sus pobres caballos, dos feas jacas, y se habían marchado dejándole sus excelentes monturas. No obstante le contrarió el que Ritson no se hubiera despedido. Su mujer defendió a su hermano:
—¿Acaso no sabes que Ritson evita venir a esta región desde la muerte de tu pobre hermana, Anita, su prometida? El aire de felicidad de nuestra casa habrá despertado sus penas.
—Tienes razón, mujer —respondió Gilbert con un gran suspiro—. ¡Pobre Anita!
—Lo peor del asunto —respondió Margarita— es que no sabemos ni el nombre ni la dirección del protector del niño. ¿Cómo le avisaremos si cae enfermo? ¿Y cómo llamaremos al niño?
—Escoge el nombre, Margarita.
—Escógelo tú mismo, Gilbert; es un muchacho, y a ti te corresponde.
—Pues bien; si tú quieres, le daremos el nombre del hermano que tanto amé; no puedo pensar en Anita sin acordarme del infortunado Robín.
—Sea, ya está bautizado, ¡nuestro gentil Robín! —exclamó Margarita cubriendo de besos la cara del niño que le sonreía ya como si la dulce Margarita hubiera sido su madre.