Robin Hood

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—Las palabras de mi mujer constituyen un compromiso —repuso Gilbert—, y, por mi parte, juro velar por este niño y servirle de padre. Os doy mi palabra, micer caballero.

Y tomando de su cinto uno de sus guanteletes, lo echó sobre la mesa.

—Una palabra por otra y un guante por otro —replicó el hidalgo, echando también un guantelete sobre la mesa—. Ahora hemos de ponernos de acuerdo sobre el precio de la pensión del bebé. Tened, buen hombre, tomad esto; todos los años recibiréis otro tanto.

Y sacando de su jubón una bolsita de cuero, llena de monedas de oro, intentó ponerla en manos del guardabosque.

Pero éste rehusó.

—Guardad vuestro oro, mi señor; las caricias y el pan de Margarita no se venden.

Durante un rato la pequeña bolsa de cuero fue de las manos de Gilbert a las del caballero. Al fin, y a propuesta de Margarita, convinieron que el dinero recibido cada año en pago de la pensión del niño fuera guardado en lugar seguro, para ser entregado al huérfano al alcanzar su mayoría de edad.

Una vez arreglado aquel asunto a gusto de todos, se separaron para ir a dormir. Al día siguiente, Gilbert se levantó al amanecer y miró con envidia los caballos de sus huéspedes; Lincoln se ocupaba ya de su limpieza.


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