Robin Hood

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Pasaron algunos minutos hasta que Maude volvió a abrir los ojos, y estos minutos parecieron siglos; pero cuando sus párpados se entreabrieron, una larga mirada, una mirada azul llena de gratitud y de amor, la primera, se detuvo en Robín: una sonrisa abrió sus pálidos labios, flores rosadas sustituyeron la fría palidez de sus mejillas, su pecho se dilató, sus brazos se cogieron a los brazos tendidos para levantarla, y, liberándose de su letargo, fue la primera en decir:

—¡Partamos!

La marcha por el subterráneo duró más de una hora.

—Por fin llegamos —dijo Hal—; inclinaos, la puerta es baja, y tened cuidado con las espinas de un seto que esconde la salida; a la izquierda; bien; seguid el sendero paralelamente al seto… y ahora, fuera la antorcha, ¡ahí tenemos la luna! ¡Somos libres!

—Ahora me toca a mí serviros de guía —dijo Robín orientándose—; aquí estoy como pez en el agua. El bosque es mío. No temáis nada, señoritas, al amanecer nos encontraremos con el señor Allan Clare.


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