Robin Hood

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Nada sospechoso vio primero; tan lejos como su vista le permitía ver, el camino parecía libre; pero cuando ya bajaba del árbol creyendo que la suerte les favorecía, vio asomar por la cima de una de las colinas del camino a un caballero que corría a galope tendido.

—Saltad a ese hoyo, milady, tras el arbusto que está bajo mis pies, y por el amor de Dios, no hagáis movimiento alguno, no lancéis el menor grito.

Robín no se atrevía a añadir, por miedo a asustar aún más a su acompañante, que reconocía con las primeras luces de la mañana los colores del barón Fitz-Alwine.

Christabel obedeció, y, tapándose la cabeza con la capa, dirigió a la Virgen una oración mental. El jinete se aproximaba, se acercaba más y más, y Robín, colocado tras el árbol, con el arco tendido y apuntando la flecha, le cerraba el paso. El jinete pasó… pasó rápido como un relámpago… pero, más rápida aún, una flecha rozó el anca del animal, pasó oblicuamente entre el flanco y la silla, y le penetró en el vientre entera; animal y caballero mordieron el polvo.

—¡Huyamos, milady! —gritó Robín—,¡huyamos!

Christabel, más muerta que viva, temblaba con todo su cuerpo y balbuceaba estas palabras:

—¡Le ha matado! ¡Le ha matado! ¡Le ha matado!

—No, no le he matado, milady.

—Lanzó un terrible grito de agonía.


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