Robin Hood

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—Valor, Maude, valor —dijo Halbert—, trabajamos para lady Christabel… Pero mira allĂ­, Âżno ves a un caballero seguido de un monje y de algunos hombres del bosque? Es el señor Allan, y el hermano Tuck. Salud, señores, nunca encuentro alguno fue más a propĂłsito.

—¿Y lady Christabel y Robín? ¿Dónde están? —preguntó vivamente sir Allan al reconocer a Maude.

—Van a esperaros al valle —contestó Maude.

—¡Loado sea Dios! —exclamó Allan cuando Maude le contó minuciosamente todas las peripecias de la huida del castillo—.

¡Bravo, Robín! ¡Le debo todo, mi amada y mi hermana!

—Íbamos a prevenir a su padre de los motivos de la ausencia de Robín —dijo Hal.

—¿Y no podrías ir ahora solo, hermano Hal? —dijo Maude ardiendo por el deseo de volver a encontrarse con Robín—. Mi señora debe necesitar de mis servicios.

Allan no vio ningĂşn inconveniente en aceptar la oferta de Maude y volvieron a ponerse en marcha.

El hermano Tuck, silencioso y aislado primero, no tardó en acercarse a la joven; intentó ser amable, sonrió, casi fue ingenioso; pero los intentos del pobre monje no fueron acogidos más que con una reserva extrema.


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