Robin Hood
Robin Hood Este cambio en la actitud de Maude afligía a Tuck, que dejó de hablar; así pues, se apartó y anduvo mirando a la joven, tan pensativa como él.
Sin embargo, a pocos pasos de Tuck iba un personaje que parecía desear ardientemente una mirada de Maude; cuidaba su presencia, cepillaba las manchas de su chaqueta, enderezaba la pluma de garza que adornaba su gorro, alisaba su espeso cabello, en una palabra, en pleno bosque se entregaba al trabajillo de coqueteo que todo enamorado primerizo ejecuta por instinto.
Este personaje no era otro que nuestro amigo Will Escarlata.
Maude encarnaba para él el ideal de la belleza; la veía por primera vez, y era la que había elegido en sus sueños para reinar en su corazón.
William no era tan tímido como para contentarse con admirarla en silencio; el deseo, la necesidad de sentir cómo se fijaban en él los ojos de la joven le llevaron rápidamente junto a ella.
—¿Conocéis a Robín Hood, señorita?
—Sí, señor —contestó graciosamente Maude.
Sin saberlo, Will pulsaba la cuerda sensible y se ganaba la atención de Maude.
—¿Y os gusta mucho?
Maude no respondió, pero sus mejillas enrojecieron.
—Quiero tanto a Robín —continuó él—, que os guardaría rencor, señorita, si él no os gustase.