Robin Hood

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Christabel se reprochaba su conducta con su padre; se veía maldecida, repudiada por el mundo por haber huido con un hombre; se preguntaba si el mismo Allan no la despreciaría más adelante. Pero estos reproches, estos escrúpulos, estos temores, solo los expresaba para tener el placer de ver cómo la elocuencia del caballero los reducía a la nada.

—¿Qué sería de nosotros si mi padre nos separara? ¿Qué será de nosotros, querido Allan?

—Dentro de muy poco ya no tendrá poder para hacerlo, adorada Christabel; pronto serás mi esposa, no sólo ante Dios como ahora, sino también ante los hombres. Yo también tendré soldados —añadió orgullosamente el joven caballero—, y mis soldados valdrán tanto como los de Nottingham. No te preocupes más, querida Christabel, abandonémonos al gozo de nuestro amor y a la protección divina.

—¡Chiss! —musitó la joven—, escuchad… ¡Allan, nos persiguen!

El caballero detuvo su corcel. Christabel no se engañaba, el ruido de unos caballos llegaba hasta ellos, y por momentos, el ruido, primero lejano, aumentaba de intensidad y se acercaba.


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