Robin Hood
Robin Hood Una lluvia de flechas cayó alrededor de Allan, pero el animal no amortiguó su carrera y Allan no perdió el valor.
—¡Infierno! ¡Se nos escapan! —aulló el jefe—. A las patas, tirad a las patas!
Pocos instantes después los jinetes rodeaban a los dos amantes, caÃdos sobre la hierba tras la mortal pirueta del pobre caballo.
—RendÃos, caballero —dijo el jefe con irónica cortesÃa.
—Jamás —contestó Allan con la espada desenvainada—, jamás; habéis matado a lady Fitz-Alwine —añadió mostrando a Christabel desvanecida a sus pies—. ¡Pues bien, moriré vengándola!
La desigual lucha no duró mucho: Allan cayó acribillado de heridas, y los soldados reemprendieron el camino de Nottingham llevando a Christabel como un niño dormido.
Charlando, el otro grupo llegaba a la encrucijada en la que RobÃn debÃa separarse.
RepetÃa por milésima vez los últimos alientos de la separación cuando los ojos de algunos de los Gamwell descubrieron a corta distancia el cuerpo ensangrentado de un hombre tendido en el suelo.