Robin Hood
Robin Hood —¡Cielos! ¡ha ocurrido una terrible desgracia! —gritó RobÃn reconociendo inmediatamente a Allan Clare—. ¡Ay, amigos mÃos, mirad… la hierba muestra el pisoteo de unos caballos! Aquà ha habido lucha… ¡Dios mÃo, quizá esté muerto…! ¿Y qué ha pasado con lady Christabel?
Todos los amigos rodearon el cuerpo que parecÃa sin vida.
—¡No está muerto, tranquilizaos! —exclamó Tuck.
—¡Bendito sea Dios! —dijo el grupo al unÃsono.
—La sangre corre de esta gran herida en la cabeza, el corazón late… Allan, caballero, estáis con vuestros amigos, abrid los ojos.
—Registrad los alrededores —dijo RobÃn—, buscad a lady Christabel.
El dulce nombre pronunciado por RobÃn reanimó en Allan la vida próxima a extinguirse.
—¡Christabel! —murmuró.
—Tranquilidad, señor —gritó el monje ocupándose de recoger algunas plantas útiles en circunstancias semejantes.
—¿Respondéis de él? —preguntó RobÃn al monje.
—Respondo; en cuanto haga una cura a su herida le llevaremos al «hall» por medio de una litera de ramas.