Robin Hood
Robin Hood —Entonces, adiós, señor Allan —dijo RobÃn inclinado con tristeza sobre el herido—; nos volveremos a ver.
Allan sólo pudo responder con una débil sonrisa.
Mientras que los robustos brazos de los Gamwell transportaban lentamente al «hall» al pobre Allan Clare, RobÃn, devorado por la inquietud, se acercaba rápidamente hacia la casa de su padre adoptivo.
Al entrar en el valle que conducÃa a la casa de Gilbert, los dos jóvenes comprobaron con terror la horrible verdad de las palabras de Lambic. Una espesa nube de humo subÃa todavÃa por encima de los árboles, y el acre olor del incendio impregnaba la atmósfera.
RobÃn lanzó un grito de desesperación y, seguido por Pequeño Juan, no menos apenado, se lanzó corriendo hacia la avenida.
A pocos pasos de los negros escombros, en el mismo sitio en que la vÃspera la alegre casa sonreÃa por sus ventanas iluminadas, el pobre Gilbert estaba arrodillado y sus manos apretaban convulsivamente las frÃas manos de Margarita, tendida ante él.
—¡Padre, padre! —gritó RobÃn.
Una sorda exclamación se escapó de los labios de Gilbert; luego dio algunos pasos hacia RobÃn y cayó llorando en los brazos del joven.