Robin Hood
Robin Hood —En persona, alegre Tuck.
—Alegre Tuck, alegre Tuck, sÃ, pero antes de que me arrebataseis a mi pequeña amante, la preciosa Maude Lindsay.
Apenas habÃa terminado estas palabras cuando una mano de hierro se aferró con violencia al brazo de RobÃn y una voz furiosa murmuró:
—¿Es verdad lo que dice ese monje?
RobÃn volvió la cabeza y vio, pálida, con los labios temblorosos y los ojos inyectados en sangre, la cara descompuesta de Will.
—Silencio, William —contestó con suavidad RobÃn—, silencio, contestaré inmediatamente a tu pregunta. Mi querido Tuck —prosiguió—, yo no me llevé a la que tan ligeramente llamáis vuestra amante. Miss Maude, como mujer digna y honrada, ha rechazado un amor que no podÃa compartir. Su salida del castillo de Nottingham no fue una falta, sino el cumplimiento de un deber: acompañaba a su señora, lady Christabel Fitz-Alwine.
—Yo no hice votos monásticos, RobÃn —contestó el monje a manera de excusa—, y hubiese podido dar mi nombre a miss Lindsay. Si la caprichosa niña rechazó mi amor, debo culpar de ello a vuestra bonita cara, o bien a la inconstancia de corazón que es natural en las mujeres.