Robin Hood

Robin Hood

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Con la intención de asustar a su joven adversario, Tuck dio con el bastón un terrorífico molinete y pareció querer dirigir su primer golpe a las piernas de Robín; pero el muchacho, demasiado hábil para desconocer las verdaderas intenciones del monje, detuvo el bastón en el momento en que, guiado por segura mano, iba a golpearle la cabeza. Luego, no contento con esta hábil parada, asestó a los hombros, los riñones y la cabeza de Tuck una serie de golpes tan violenta y metódicamente aplicada, que el monje, atontado, molido, con los ojos cegados, pidió, no gracia, sino una suspensión de armas.

—Manejáis bien el bastón, joven amigo —dijo con voz jadeante intentando disimular el cansancio—, veo que los golpes rebotan en vuestros flexibles miembros sin herirlos.

—Rebotan porque los paro, señor —contestó alegremente Robín—; pero hasta ahora no conozco el contacto de vuestro bastón.

—Es vuestro orgullo el que habla, joven, pues con toda seguridad os he tocado más de una vez.

—¿Habéis olvidado, monje Tuck, que ese mismo orgullo me prohibió siempre mentir? —respondió Robín hablando con su propia voz.

—¿Quién sois? —gritó el monje.

—Mirad mi rostro.

—¡Oh! ¡Por san Benito, nuestro bienaventurado patrón! Es Robín Hood, el hábil arquero.


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