Robin Hood

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—¡Hacerme pedir gracia con mi propio bastón! -gritó el extraño con furia-; sería raro si no imposible. Traedme, traedme enseguida a vuestro amigo.

Y vociferando estas palabras, el viajero bajó de su caballo. Al ver al forastero, Robín cogió del brazo a Pequeño Juan y le dijo en voz baja:

—¿No reconocéis a ese viajero? Es Tuck, el monje.

—¡Bah! ¿De verdad?

—Sí, pero no digáis nada, deseo desde hace tiempo medirme con el bastón con ese valiente de Gilles, y como el claroscuro de la noche me oculta, voy a aprovechar este extraño encuentro.

Las elegantes y afeminadas formas de Robín pusieron una sonrisa burlona en los labios del extraño.

—Muchacho —dijo riéndose—, ¿estás seguro de tener duro el cráneo y de poder soportar sin morir la lluvia de golpes que merece tu impudicia?

—Mi cráneo es sólido, aunque no tiene el espesor del vuestro, sir desconocido —contestó el joven hablando el dialecto de Yorkshire para disimular su voz—; sin embargo, resistirá vuestros golpes si tenéis la destreza de tocarlo, destreza que pongo en duda con tanta audacia como fanfarronería prodigáis al proclamarlo.

—Vamos a verte en acción, urraca descarada. Ya basta de palabras, ¡en guardia!


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