Robin Hood
Robin Hood Al despuntar el día siguiente, Robín y Pequeño Juan entraban en una posada del pueblecito de Nottingham para comer por primera vez en la jornada. Estaba llena de soldados pertenecientes, según se deducía de sus uniformes, al barón Fitz-Alwine.
Mientras comían, los dos amigos escuchaban atentamente la conversación de los soldados.
—Todavía no sabemos —decía uno de los hombres del barón quiénes eran los enemigos de los cruzados. Su Señoría supone que son «outlaws» o vasallos guiados por uno de sus enemigos. Por suerte para monseñor, su llegada al castillo se había retrasado algunas horas.
—¿Estarán los cruzados mucho tiempo en el castillo, Geoffroy? —preguntó el dueño del local al que hablaba.
—No, salen mañana para Londres, a donde conducirán a los prisioneros.
Robín y Pequeño Juan intercambiaron una significativa mirada.
En el momento en que los dos amigos cruzaban el círculo formado por los soldados en dirección a la puerta, el llamado Geoffroy dijo a Pequeño Juan:
—¡Por san Pablo!, amigo mío, tu cráneo parece tener una especial simpatía por las vigas del techo, y si tu madre puede besarte las mejillas sin que tengas que arrodillarte, merece un grado en el cuerpo de los cruzados.