Robin Hood
Robin Hood —¡Al fin te veo, miserable! ¡Al fin! —exclamó el caballero dando muestras de la cólera más violenta.
—No soy un asesino, por el contrario, soy yo quien os salvó la vida.
—¿Dónde está entonces el asesino? Habla o te abro la cabeza.
—Escuchadme y lo sabréis —respondió fríamente Robín—. Respecto a lo de abrirme la cabeza, ni soñéis en ello, y permitidme haceros notar, señor, que esta flecha, cuya punta se dirige hacia vos, atravesará vuestro corazón antes de que vuestra espada roce mi piel. Teneos por advertido y escuchadme con tranquilidad: diré la verdad.
—Escucho —contestó el caballero fascinado por la sangre fría de Robín.
—Vamos, señor —replicó Robín—, miradme y estaréis de acuerdo en que no tengo el aspecto de un bandido.
—Sí, sí, hijo mío, lo confieso, no tienes aspecto de bandido —dijo al fin el forastero tras haber considerado con detenimiento a Robín. La frente radiante, la fisonomía llena de franqueza, los ojos en los que chispeaba el fuego del valor, los labios que se entreabrían en una sonrisa de legítimo orgullo, todo en este noble adolescente inspiraba, ordenaba confianza.