Robin Hood

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—Dime quién eres, y condúcenos, te ruego, a un lugar en el que nuestras cabalgaduras puedan comer y descansar —añadió el caballero.

—Con placer; seguidme.

—Pero acepta antes mi dinero, mientras que te llega la recompensa de Dios.

—Guardad vuestro oro, señor caballero; el oro me es inútil, no tengo necesidad de oro. Me llamo Robín Hood y vivo con mi padre y mi madre a dos millas de aquí, en la linde del bosque; venid, encontraréis en nuestra casita una cordial hospitalidad.

La joven, que hasta el momento se había mantenido apartada, se acercó a su caballero, y Robín vio resplandeciente el destello de dos grandes ojos negros bajo el capuchón de seda que preservaba su cabeza del frescor de la mañana; también apreció su divina belleza, y la devoró con la mirada mientras se inclinaba cortésmente ante ella.

—¿Debemos creer en la palabra de este joven? —preguntó la dama a su caballero.

Robín irguió la cabeza orgullosamente, y, sin dar al jinete tiempo para responder, exclamó:

—Dejaría de existir buena fe sobre la tierra.

Los dos forasteros sonrieron; ya no dudaban.


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