Robin Hood
Robin Hood El pequeño grupo avanzó primero en silencio; el caballero y la joven pensaban todavía en el peligro que habían corrido, y todo un mundo de ideas nuevas se agitaba en la cabeza de nuestro joven arquero: por primera vez admiraba la belleza de una mujer.
El ingenuo muchacho experimentaba ya los primeros efectos del amor; adoraba sin saberlo la imagen de la bella desconocida que cabalgaba tras él, y olvidaba sus canciones pensando en sus negros ojos.
Sin embargo acabó por comprender las causas de su turbación, y se dijo recuperando su sangre fría:
—Paciencia, pronto la veré sin su capucha.
El caballero preguntó a Robín sobre sus gustos, sus costumbres y sus ocupaciones con benevolencia, pero Robín le respondió fríamente, y no cambió el tono hasta el momento en que se hirió su amor propio.
—¿No temiste —dijo el forastero- que aquel miserable «outlaw» intentara vengar en ti su fracaso? ¿No temiste fallar?
—¡Pardiez!, no, señor, me era imposible experimentar este último temor.
—¡Imposible!
—Sí, la costumbre ha hecho que los golpes más difíciles sean para mí un juego.
Había demasiada buena fe y noble orgullo en las respuestas de Robín para que el forastero se burlara, y prosiguió:
