Robin Hood
Robin Hood —Querido amigo, ¿podrÃas acertar con tu arco a cualquier objeto situado en la colina?
—Creo que sà —contestó con modestia el joven.
—Mejor dicho, estás seguro. ¡Pues bien!, sigue mi mirada. ¿Ves a aquel hombre situado a la izquierda del soldado que lleva en su cabeza un gran penacho? Ese hombre, querido amigo, es un pérfido bellaco, y estoy convencido de que da al jefe indicaciones para llegar a Gamwell por el camino del bosque. Intenta matar a ese miserable.
—Con gusto.
RobÃn tensó su arco, y dos segundos después el hombre señalado por Pequeño Juan dio un salto de dolor, lanzó un grito y cayó para no volver a levantarse.
El jefe normando reunió prestamente a sus hombres y decidió tomar las barreras al asalto.
Los sajones se defendieron con valor, pero inferiores en número, no pudieron impedir la escalada y se retiraron ordenadamente hacia Gamwell.
Franqueadas las barreras, los normandos ganaron terreno fácilmente; penetraron en el pueblo y una especie de pánico se apoderó de los campesinos. Iban a huir cuando una voz estentórea gritó:
—Sajones, ¡deteneos! ¡El que tenga corazón que siga a su jefe! ¡Adelante! ¡Adelante!