Robin Hood
Robin Hood Esta voz, que era la de Pequeño Juan, reanimó las desfallecientes fuerzas de los asustados hombres; se volvieron y, avergonzados de su debilidad, siguieron a su jefe.
Éste se precipitó como un león hacia un hombre de elevada estatura que compartía con el jefe principal el mando de la tropa y que, por el ardor de sus golpes, había sembrado el pánico entre los hombres.
—¡Aquí estamos otra vez, señor guardabosque! —gritó el hombre, que no era otro que Geoffroy—. Voy a vengarme de un solo golpe de todo el mal que me has causado.
Pequeño Juan sonrió desdeñosamente, y cuando Geoffroy, tras haber volteado su hacha, intentó hacerla bajar sobre la cabeza del joven, éste, con un gesto rápido como el pensamiento, se la arrancó de las manos y la tiró a veinte pasos de él.
—Eres un miserable bribón —dijo Pequeño Juan— y mereces la muerte, pero una vez más tengo piedad de ti; defiende tu vida.
Los dos hombres, o mejor dicho, los dos gigantes, comenzaron el terrible combate. Duró largo tiempo, y la victoria, incierta hasta entonces, se decidió repentinamente a favor de Pequeño Juan, que, concentrando todo su vigor en un supremo esfuerzo, asestó un golpe con su espada sobre el hombro de Geoffroy y le hendió el cuerpo hasta el espinazo.