Robin Hood

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Al revés que sus enemigos, los campesinos habían comido bien y se habían entregado al sueño tras haber recogido a los muertos y atendido a los heridos.

Al caer el día, una cegadora luz anunció a los sajones la nueva maniobra de sus enemigos: el pueblo había sido incendiado.

—Mirad, mi querido Pequeño Juan —dijo Robín Hood mostrando al joven la lúgubre claridad— los miserables queman sin piedad las casas de nuestros campesinos.

—Y quemarán el «hall», amigo mío —contestó Pequeño Juan con tristeza—; debemos prepararnos para sufrir esta nueva desgracia. La vieja casa está rodeada de árboles y arderá como un montón de paja.

Los campesinos, desesperados, contemplaban el espectáculo entre gritos de indignación; querían salir del «hall» y satisfacer inmediatamente el deseo de venganza que les mordía el corazón; pero Pequeño Juan, prevenido por uno de sus primos, llegó hasta ellos y les dijo con voz emocionada:

—Comprendo vuestro furor, queridos amigos, pero esperad. Con que resistamos hasta el despuntar del día, seremos vencedores. Esperad, esperad, los miserables estarán aquí en un cuarto de hora.

—¡Ahí están! —dijo Robín.

Efectivamente, los normandos avanzaban hacia el castillo lanzando gritos y llevando en ambas manos teas encendidas.


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