Robin Hood

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—¡A vuestros puestos, hijos, a vuestros puestos! —gritó el sobrino de sir Guy—; apuntad vuestras flechas con cuidado y no erréis ningún golpe. En cuanto a ti, Robín, quédate junto a mí, herirás de muerte a los que te señale.

Los normandos rodearon el castillo, y manteniéndose a distancia de las ventanas y las barbacanas, lanzaron antorchas contra la puerta; pero, alcanzadas por los torrentes de agua que lanzaban los campesinos, se apagaban sin hacer daño alguno.

El fuego fue suspendido, y una especie de alegre rugido lanzado por los soldados llevó a Robín y al Pequeño Juan a una ventana.

Precedidos por el jefe, una docena de soldados arrastraban un instrumento que, con toda probabilidad, debía servir para echar abajo la puerta. En el momento en que, dirigidos por su capitán, iban los soldados a poner el artefacto en el sitio que le correspondía, Pequeño Juan dijo a Robín:

—Envía una flecha a ese maldito capitán.

—No quisiera otra cosa, pero será difícil alcanzarle mortalmente, pues lleva una cota de malla y habría que alcanzarle en la cara.

—Atención, prepara tu arco… ¡tira!… ¡Querido Robín, tira de una vez! Ahí tienes el rostro bajo el resplandor de la antorcha. La muerte de este hombre nos salvará.


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