Robin Hood
Robin Hood Robín, que seguía los movimientos del jefe, disparó repentinamente. La flecha partió. El capitán, alcanzado entre las dos cejas, cayó hacia atrás. Los soldados se amontonaron confusamente alrededor de su jefe y un espantoso desorden cundió por sus filas.
—¡Ahora, sajones! —gritó Pequeño Juan con voz vibrante—, haced llover las flechas sobre esos incendiarios.
Esta nueva descarga fue tan destructora que los soldados que quedaron de pie se sintieron perdidos. Iban a huir cuando un normando, erigiéndose en jefe de sus compañeros, les propuso emplear un último medio para obligar a los campesinos a salir de la fortaleza. Un bosquecillo, de pinos principalmente, se hallaba frente a la fachada interior del castillo, es decir, del lado de los jardines. Los normandos, conducidos por su nuevo jefe, serraron a medias el tronco de los árboles más próximos al techo del edificio tras haber incendiado las ramas altas. Pequeño Juan, que veía con angustia el rápido progreso de esta infernal destrucción, dejó escapar un grito de furor y dijo a Robín:
—Han encontrado el medio de hacernos salir; los árboles van a incendiar el techo y en pocos instantes el castillo se verá envuelto en llamas. Robín, haz caer a los que llevan las antorchas, y vosotros, amigos, no ahorréis vuestras flechas. ¡Abajo los lobos normandos! ¡Abajo los lobos!