Robin Hood

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Los árboles, incendiados rápidamente, cayeron sobre el tejado con un espantoso ruido, y un resplandor rojizo coronó pronto la parte superior del castillo.

Pequeño Juan reunió a sus hombres en la sala principal, los dividió en tres partes, se puso con Robín Hood al frente de la primera, dio al monje Tuck el mando de la segunda, confió la tercera al viejo Lincoln, y cada uno de estos tres grupos se dispuso a salir del castillo por una puerta diferente.

Sir Guy había asistido impasible a los preparativos de esta salida, pero cuando su sobrino llegó para obligarle a dejar la sala con él, el viejo baronet exclamó:

—Quiero morir sobre las ruinas de mi casa.

En vano Pequeño Juan, Robín y los Gamwell suplicaron al anciano, en vano le mostraron la purpúrea llama que arrojaba a la sala un sangriento resplandor, en vano le hablaron de su mujer, de sus hijas; el viejo sajón permaneció sordo a sus ruegos, insensible a sus lágrimas.

—¡Cuidado! ¡Cuidado! —gritó de pronto Robín—, el techo va a caer.

Pequeño Juan cogió a su tío, le rodeó con sus brazos, y, a pesar de las quejas del anciano, a pesar de sus lamentos, le sacó de la sala.


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