Robin Hood
Robin Hood Apenas franquearon los sajones las puertas del castillo, se oyó un ruido siniestro: los pisos, sobrecargados por la caída del techo, se hundieron unos tras otros, y la vieja casa señorial lanzó por sus aberturas trombas de llamas y de humo.
Pequeño Juan confió a sir Guy al cuidado de algunos hombres, ordenándoles que tomasen inmediatamente el camino de Yorkshire.
Tranquilo por ese lado, el invencible Pequeño Juan se armó una vez más de su triunfante espada y se lanzó sobre el enemigo gritando:
—¡Victoria! ¡Victoria! ¡Rendíos!
La aparición de Tuck, vestido con su hábito de monje, sembró el pánico entre los normandos; ni uno solo osó defenderse contra un miembro de la santa Iglesia, y, asaltados por un pánico repentino, se dirigieron, perseguidos por los sajones, hacia donde tenían los caballos, montaron con toda rapidez y se alejaron a galope tendido. De los trescientos normandos llegados por la mañana apenas quedaban setenta. Los campesinos, embriagados por la victoria, rodeaban a Pequeño Juan, que tras haber ordenado recoger a los muertos y heridos, habló así a sus compañeros: