Robin Hood
Robin Hood —Aquà —dijo Juan poniendo la mano sobre el hombro de RobÃn Hood—. RobÃn Hood, amigos, es un verdadero sajón, y valeroso. Su discreción y su juicio igualan la sabidurÃa de un viejo. Ved en RobÃn Hood al conde de Huntingdon, el descendiente de Waltheof, hijo bien amado de Inglaterra. Los normandos, que le han robado sus bienes, también le disputan sus tÃtulos de nobleza; el rey Enrique ha proscrito a RobÃn Hood. Ahora, amigos mÃos, contestad a mi pregunta: ¿Queréis por jefe al sobrino de sir Guy de Gamwell, al noble RobÃn Hood?
—¡SÃ, sÃ! —gritaron los campesinos, orgullosos de tener como jefe al conde de Huntingdon.
El corazón de RobÃn saltaba de alegrÃa, sus planes secretos tenÃan al fin una posibilidad de realizarse. Se sentÃa orgulloso y, digámoslo, se sabÃa digno de cumplir la difÃcil misión que le habÃa sido atribuida por el afecto de su amigo.
Los preparativos de partida pronto estuvieron terminados: los normandos no habÃan dejado nada a los desdichados proscritos.
Tres horas después, RobÃn Hood y Pequeño Juan, acompañados por los hombres del pueblo, penetraban en una espaciosa gruta situada en el centro del bosque. Esta gruta, completamente seca, tenÃa en el techo amplias aberturas que permitÃan circular libremente el aire y la luz.