Robin Hood

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Capítulo IV

Apenas giró la puerta sobre sus goznes, un hombre que se colocó de forma que impedía que se volviera a cerrar, apareció y franqueó el umbral instantáneamente. Este hombre, joven, robusto y de colosal estatura, llevaba un largo hábito negro con capuchón y anchas mangas; una cuerda le servía de cinturón; un inmenso rosario le colgaba a un lado y su mano se apoyaba sobre un grueso y nudoso bastón de cornejo.

Un viejo, vestido de la misma forma, seguía humildemente a este hermoso monje.

Tras los saludos de costumbre, se reunieron en la mesa con los recién llegados, y la alegría y la confianza volvieron a aparecer. Sin embargo, los dueños de la choza no habían olvidado el silbido del piso de arriba y el del bosque, pero disimulaban sus temores para no asustar a sus huéspedes.

—Buen guardabosque, recibe mis congratulaciones; ¡tu mesa está admirablemente bien servida! —exclamó el monje alto devorando una tajada de venado.

Los comensales se miraban con ansiedad, solamente el monje parecía no inquietarse por nada y proseguía filosóficamente sus ejercicios gastronómicos.


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