Robin Hood
Robin Hood ParecÃa el jefe de una ciudadela a punto de ser asaltada; distribuÃa las funciones, ponÃa a cada uno en su puesto, inspeccionaba las armas y recomendaba prudencia y sangre frÃa por encima de todo. De valor no hablaba, pues los que le rodeaban habÃan dado muestras sobradas.
—Separémonos —dijo Gilbert—; yo, en este ángulo, desde el que haré llover las flechas sobre los intrusos; vos aquÃ, Allan, listo para acudir a todas partes en que haga falta ayuda; tú, Lincoln…
En aquel momento un viejo de colosal estatura y armado con un bastón proporcionado a ella entró en la sala.
—Tú, Lincoln, al otro lado de la puerta, frente al buen hermano, vuestros bastones se moverán a una; pero aparta primero la mesa y las sillas para que el campo de batalla esté despejado. Apaguemos también las luces, el hogar da suficiente claridad. Respecto a vosotros, mis valientes perros —añadió el guarda acariciando a sus bulldogs—, y tú, Lance, querido, ya sabéis dónde morder, atención.
Durante esta puesta a punto de la defensa, los asaltantes, cansados de golpear inútilmente la puerta, habÃan cambiado de táctica, y la casa del guardabosque corrÃa gran peligro. Felizmente RobÃn vigilaba desde lo alto de su observatorio.