Robin Hood
Robin Hood —Padre —dijo sin elevar la voz desde lo alto de la escalera—, los bandidos amontonan leña delante de la puerta y van a prenderle fuego; son siete en total sin contar el herido, sin duda medio muerto.
—¡Por la misa! —exclamó Gilbert— no les demos tiempo a encender ni un haz; mi leña está seca y en un abrir y cerrar de ojos la casa arderÃa como un fuego de San Juan. ¡Abrid deprisa, abrid, padre benedictino, y cuidado todos!
El monje, manteniéndose de lado, alargó el brazo, levantó la barra de hierro, hizo rechinar los cerrojos, y un montón de maleza entró en la sala por la puerta entreabierta.
—¡Hurra! —gritó el jefe de los bandidos, que fue el primero en meter la cabeza en la habitación—. ¡Hurra!
Pero sólo pudo lanzar este grito y no dio más que un paso; Lance le saltó a la garganta, el bastón de Lincoln y el del padre cayeron simultáneamente sobre su nuca, y rodó inmóvil por el suelo.
El hombre que le seguÃa corrió la misma suerte.