Robin Hood
Robin Hood El tercero también, pero los cuatro restantes, habiendo llegado a la lucha sin ser detenidos por los perros como había ocurrido con sus predecesores, entablaron un combate en regla, combate que Gilbert y Robín, situados como estaban, hubiesen podido acabar rápidamente con ventaja para ellos con sólo vaciar las flechas de sus carcajs sobre los enemigos, que atacaban con lanzas; pero Gilbert, más que derramar sangre, prefería dejar al benedictino y a Lincoln la gloria de acogotar a los esbirros del barón Fitz-Alwine, y se contentaba, lo mismo que Allan Clare, con detener los lanzazos.
Así, la sangre no había corrido salvo allí donde habían mordido los perros; Robín, avergonzado de su inactividad, quiso mostrar su habilidad, y, digno alumno de Lincoln en la ciencia del bastón como lo era de Gilbert en la del arco, se apoderó de un mango de alabarda y unió sus molinetes a los terribles molinetes de sus compañeros.
Al acercarse Robín, uno de los bandidos, un coloso, un Hércules, lanzó carcajadas burlonas y feroces, esquivó a Lincoln y al monje e hizo un giro ofensivo sobre el adolescente.
Pero Robín, sin alterarse, esquivó el lanzazo, que le hubiese ensartado, y respondiendo con un golpe recto y horizontal en pleno pecho, envió al bandido contra la muralla.
—¡Bravo, Robín! —gritó Lincoln.