Robin Hood
Robin Hood —¡Infierno y muerte! —murmuró el bandido, que vomitaba cuajarones de sangre y parecÃa próximo a expirar. Pero, repentinamente, levantándose sobre sus corvas, fingió vacilar un momento, y, ebrio de furor se precipitó sobre RobÃn con el hierro de su lanza por delante.
RobÃn estaba perdido. El desdichado habÃa olvidado en su triunfo el mantenerse en guardia, y la lanza, rápida como el rayo, iba a traspasarle, cuando el viejo Lincoln, que controlaba hasta el menor detalle, tumbó al asesino de un bastonazo asestado perpendicularmente en el cráneo.
—¡Y cuatro! —gritó riéndose.
Efectivamente, cuatro bandidos yacÃan en el suelo, ya sólo quedaban luchando tres, los cuales parecÃan más dispuestos a huir que a mantener la ofensiva.
Y es que la enorme rama de cornejo manejada por el padre benedictino no dejaba de acariciarles los miembros.
¡Era hermoso ver al padre con su cabeza desnuda y aureolada de santa cólera, con sus mangas subidas hasta el codo, con su largo hábito recogido por encima de las rodillas!
El ángel Gabriel luchando con el demonio no tenÃa una prestancia más terrorÃfica.