Robin Hood

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Mientras que este heroico monje, ante el que Lincoln manifestaba la más viva admiración, proseguía la lucha con el arma en la mano, Gilbert, ayudado por Robín y Allan, ataba sólidamente los miembros de los vencidos que aún respiraban. Dos de ellos pedían gracia, un tercero estaba muerto; el jefe, al que Lance seguía atenazando la garganta con sus mandíbulas, agonizaba horriblemente.

Lance hundió cada vez más profundamente sus agudos dientes en la garganta de su víctima; la arteria carótida y las venas yugulares fueron seccionadas y la vida del malhechor se fue con su sangre.

Enterados de la muerte de su jefe, los bandidos pidieron misericordia. Al dueño de la casa correspondía decidir su suerte.

Gilbert Head era dueño de la vida de estos bribones; hubiera podido darles muerte de acuerdo con los usos y costumbres de la época, en la que cada uno se tomaba la justicia por su mano, pero le horrorizaba verter sangre fuera de los casos de legítima defensa; así pues tomó otro partido.

Levantaron a los seis heridos, reanimaron las fuerzas de los más maltratados, se les ató las manos a la espalda, después se les ató juntos como a galeotes, y Lincoln, asistido por el joven monje, les condujo a algunas millas de la casa, hasta uno de los más tupidos lugares del bosque, dejándolos a solas con sus pensamientos.


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