Robin Hood
Robin Hood Taillefer no formaba parte del grupo.
En el momento en que Lincoln iba a atarlo al resto de la fila habÃa dicho:
—¡Gilbert Head, Gilbert Head, haz que me lleven a una cama; debo hablarte antes de morir!
—No, perro ingrato; lo que deberÃa hacer es colgarte del árbol más cercano.
—Escucha, lo que tengo que decirte es de la máxima importancia.
Gilbert iba a negarse nuevamente, pero creyó escuchar de labios de Taillefer un nombre que despertaba en él todo un mundo de dolorosos recuerdos.
—¡Anita! ¡pronunció el nombre de Anita! —murmuró Gilbert inclinándose inmediatamente sobre el herido.
—SÃ, he pronunciado el nombre de Anita —respondió débilmente el moribundo.
—¡Y bien! habla, dime todo lo que sabes de Anita.
—No, no estamos solos —dijo Taillefer señalando al anciano monje, el cual rezaba ante el cadáver del bandido.
Luego, agarrando el brazo de Gilbert, el herido intentó levantarse, pero el anciano le rechazó vivamente.
—¡No me toques, descreÃdo!
El desdichado volvió a caer de espaldas, y Gilbert, enternecido a pesar suyo, le levantó suavemente; el recuerdo de Anita mitigaba su cólera.