Robin Hood

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Durante la larga agonía de Roland Ritson, nuestros tres viajeros hacia Nottingham, Allan, Robín y el monje de voraz apetito, de corazón esforzado y miembros vigorosos, caminaban con rapidez a través del inmenso bosque de Sherwood. Hablaban, reían y cantaban.

—Señor Allan —dijo de pronto Robín—, el sol señala ya el mediodía, y mi estómago ya no recuerda el desayuno de esta mañana. Si os parece, ganaremos la orilla de un arroyo que corre a unos pasos de aquí; llevo víveres en mi morral y comeremos descansando.

—Lo que propones rebosa buen juicio, hijo mío —contestó el monje—, y me adhiero con todo mi corazón; quería decir con todos mis dientes.

—No me opongo, querido Robín —dijo Allan—, pero permíteme hacerte notar que quiero llegar al castillo de Nottingham antes de que se ponga el sol sea como sea, y que si lo que propones nos lo va a impedir, prefiero continuar mi camino sin detenerme.

—Como deseéis, señor —respondió Robín—, donde vayáis iremos nosotros.

—¡Al arroyo! ¡Al arroyo! —gritó el monje—. Sólo estamos a tres millas de Nottingham y tenemos tiempo de llegar allí diez veces antes de que llegue la noche; una hora de descanso y una buena comida no nos lo impedirá.


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