Robin Hood

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Tranquilizado por las palabras del monje, Allan consintió en detenerse, y fueron a sentarse a la sombra de un gran roble al fondo de un delicioso valle, por el que corría un pequeño arroyo de aguas límpidas y transparentes, en cuyo lecho descansaban guijarros blancos y rosados y cuyas orillas estaban bordeadas por hierbas con flores.

Sentados sobre la hierba a la orilla del arroyo, los tres compañeros comieron a base de bien gracias a la previsión de la buena Margarita, y una enorme cantimplora de vino de Francia pasó tan a menudo de mano en mano, que la alegría de cada uno se manifestó notablemente y el tiempo consagrado a este alto se prolongó indefinidamente sin que se dieran cuenta de ello. Robín cantaba, sin descanso. Allan, transportado al séptimo cielo, describía pomposamente los encantos y las cualidades de lady Christabel. El monje parloteaba a tontas y a locas, y proclamaba a los cuatro vientos que se llamaba Gilles de Sherbowne, que pertenecía a una buena familia de campesinos, que prefería a la vida conventual la vida activa e independiente del guardabosque y que había comprado a buen precio al superior de su orden el derecho a obrar a su guisa y a manejar el bastón.




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