Robin Hood

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Capítulo VI

La celda era estrecha y tenía tres aberturas: la puerta, una pequeña claraboya por encima y, enfrente, otra claraboya más grande; esta última, a diez pies sobre el suelo, tenía gruesos barrotes; el mobiliario se componía de una mesa, un banco y un jergón de paja.

«Evidentemente —se decía Robín—, el barón no es tan cruel como injusto, pues me deja libres las manos y los pies; aprovechémoslo y veamos qué hay ahí arriba».

Y, colocando el banco sobre la mesa, Robín trepó hasta la claraboya con ayuda del banco, puesto de pie a lo largo de la pared. ¡Oh felicidad! su mano acaba de tocar uno de los barrotes y se ha dado cuenta de que en lugar de ser de hierro, los barrotes son de roble, de roble medio podrido. Los mueve con facilidad, también podrá romperlos fácilmente, y aunque se resistiesen, están lo suficientemente espaciados como para que su cabeza pase entre ellos, y ya se sabe que por donde pasa la cabeza también pasa el cuerpo.

Robín se puso a cantar una de sus más alegres baladas, y entre dos canciones oyó los pasos de un centinela alejarse, volver nuevamente con precaución, alejarse otra vez y volver de nuevo. Estas idas y venidas duraron un buen cuarto de hora.


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