Robin Hood
Robin Hood «Si el mozo prosigue su paseo durante toda la noche —pensaba RobÃn—, corro el riesgo de seguir aquà al despuntar el dÃa. No podré escapar sin que me oiga».
Desde hacÃa unos instantes un profundo silencio reinaba en la galerÃa, y el paseante parecÃa haber renunciado a su vigilancia; pero RobÃn, que en su calidad de astuto cazador conocÃa todas las fintas, juzgó que en esta circunstancia era más prudente tener el testimonio de los ojos que el de los oÃdos, y se decidió a utilizar la mirilla de su calabozo.
Y no fue en vano, pues en lugar de un espÃa el joven vio dos, dos y escuchando, nariz con nariz, pegados a la puerta.
En aquel mismo instante, la linda Maude, con un candelabro en una mano y algunos objetos en la otra, aparecÃa en un extremo de la galerÃa y lanzaba un grito de sorpresa al ver la cabeza de RobÃn por encima del par de carceleros.
Tras unas palabras con éstos, entró radiante en el calabozo, dejó vÃveres y bebidas en la mesa y exigió que la dejasen sola con el prisionero a fin de poder intercambiar con él algunas palabras.
—¡Y bien, joven guardabosque —dijo la hermosa muchacha en cuanto se cerró la puerta—, en buena situación estáis!