Robin Hood

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Robín se pegó al muro y contuvo la respiración. Detenido igualmente, el desconocido tanteaba ligeramente las baldosas con la punta de su espada e intentaba orientarse respecto al ruido que hizo Robín al acercarse…

—Sin duda ha sido una puerta que ha crujido —se dijo el paseante nocturno; luego, prosiguió su camino.

Pensando con razón que, precedido por un guía, le sería más fácil salir del laberinto por el que erraba desde hacía un cuarto de hora, Robín siguió al extraño a una distancia prudente.

Pronto, este último abrió una puerta y desapareció.

La puerta conducía a la capilla.

Robín apresuró el paso, se deslizó tras el desconocido y se colocó sin ruido tras uno de los pilares del santo lugar.

Los rayos de la luna inundaban la capilla con sus blancas claridades, y una mujer con velo oraba arrodillada ante una tumba; el extraño, revestido con el hábito de los monjes, paseaba sus inquietas miradas por todo el edificio; de repente, al ver a la mujer, se estremeció, contuvo una exclamación, un grito de dicha que se le escapaba, atravesó la nave y se acercó a ella con las manos juntas. Al ruido de los pasos del desconocido la mujer levantó la cabeza y le miró, agitada por el temor o temblorosa por la esperanza.


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