Robin Hood
Robin Hood El centinela lanzó un grito de alarma y avanzó con la pica en ristre hacia el lugar en el que había sonado el ruido insólito; pero no vio nada, no oyó nada, y sin preocuparse más por las causas de tal estrépito, volvió a su puesto y se puso nuevamente a contemplar su querido valle.
Robín, al no notarse herido, aprovechó la sorpresa del vigilante para ganar terreno sin preocuparse él tampoco por las causas del escándalo; sin embargo, acababa de correr un gran peligro. Los subterráneos del castillo asomaban directamente bajo la ventana de su calabozo, y la trampa de ese respiradero no estaba cerrada; el azar quiso que la golpeara con el pie al caer, evitando así el desaparecer para siempre en las profundidades del subterráneo.
Como le había dicho la joven, encontró una puerta abierta a su izquierda, y tras haberla franqueado subió por una escalera, siguió una galería y luego un inmenso corredor.
Llegado a la bifurcación de las dos galerías, nuestro héroe, rodeado de una profunda oscuridad, tanteaba el suelo con el pie y palpaba la muralla a fin de no desviarse, cuando oyó a alguien preguntar en voz baja:
—¿Quién está ahí? ¿Qué hacéis ahí?