Robin Hood

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—¡Hola! —se dijo—. Iba a caer en la boca del lobo. ¡Cuidado!

Felizmente, una nube se cruzó entre la luna y el castillo, y la terraza quedó en la oscuridad mientras que el valle resplandecía de luz. El soldado, quizá hijo de este valle, lo contemplaba inmóvil.

—Vamos, ¡con ayuda de Dios, —murmuró Robín, que después de persignarse fervorosamente, se dejó deslizar a lo largo de la muralla agarrándose al cinturón.

Desgraciadamente el cinturón era demasiado corto, y, al llegar a su fin, notó que sus pies estaban aún alejados del suelo, y temió despertar la atención del vigilante cayendo con demasiado ruido.

¿Qué hacer? ¿Volver a subir a la prisión? Los barrotes que servían de punto de apoyo podían no aguantar los esfuerzos de una ascensión; más valía arriesgarse hasta el final. Así, confiado en la providencia y procurando ser lo más ligero posible, el joven se abandonó a su propio peso.

Un horroroso estrépito, algo así como el retumbar de una tapadera al golpear en un respiradero de bodega, fue el ruido que turbó los ensueños del centinela en el momento en que nuestro héroe tocaba tierra.


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