Memorias de un burro

Memorias de un burro

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La persecución

Al despertarme comí y bebí, pensando en mi felicidad.

“Ya estoy salvado –me dije-; dentro de dos días cuando esté bien descansado, iré más lejos aún.”

De repente oí el ladrido de un perro y después otro; poco después distinguí los aullidos de toda una jauría.

Algo asustado, me levanté y me dirigí hacia un arroyo. Apenas entré en él, cuando oí la voz de Julio, hablando a los perros:

-Vamos, perros, buscad a ese maldito burro, mordedle y traédmelo, que yo pruebe mi vara en sus costillas.

Casi me caí del susto, pero pensé que, andando por el agua, los perros no darían con el rastro de mis pasos; me eché, pues, a correr por el arroyo, felizmente bordeado de espesos matorrales. Los ladridos se alejaban, así como la voz del malvado Julio, y acabé por no oír nada.

Seguí anhelante y agotado el curso del riachuelo, hasta que salí del bosque y me encontré en unos prados donde pacían más de cincuenta bueyes.

Me tendí al sol en la hierba; los bueyes no se fijaban en mí, de modo que pude hartarme y descansar a mis anchas.

Al oscurecer llegaron dos hombres al prado.


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