Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Sus camaradas acudieron, y mientras él salvaba a Medor, echándole una tabla, sobre la cual se subió, los otros dieron caza a los atormentadores, los cogieron a todos y les dieron una buena paliza con unas varas. Todos chillaban a cuál más; pero no por eso dejaban los obreros de zurrarlos a más y mejor. Por fin, los dejaron y todos se fueron gimiendo y llorando.

El salvador de Medor lo llevó a su casa, pero le dijeron que podía guardárselo, que tenían demasiados perros y no lo querían. Como era muy buen hombre, tuvo lástima de él y lo llevó consigo. Pero cuando su mujer vió el perro, empezó a chillar, diciendo que no tenía para mantener un perro que no servía para nada y que, además, tendrían que pagar el impuesto de los perros.

Tanto dijo y protestó, que el marido, para tener paz, se deshizo de Medor, regalándolo al malvado granjero, en cuya finca vivía yo, y que necesitaba un perro de guarda.

Y he ahí cómo Medor y yo nos conocimos, y he ahí por qué nos queríamos tanto.


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