Memorias de un burro
Memorias de un burro Pedro no se reía; Camila, que se había divertido a los primeros puñados, ya no se reía tampoco. Veía que las batallas iban en serio, que algunos niños lloraban y otros tenían la cara arañada.
-Tenías razón, Pedro –dijo cuando salieron al coche-; si yo vuelvo a ser madrina, daré confites a los niños, pero no se los arrojaré.
-Ni yo los céntimos –dijo Pedro-; se los daré como tú dices.
Los coches partieron.
-Cadichón ha hecho sensación –dijo la mamá de Camila-; ahora ya puede volver más despacito. Y así haremos el camino con vosotros.
Cuando llegamos al castillo, cada cual bajó de su coche y fue a quitarse sus bonitos vestidos; a mí me quitaron también mis pompones y mis dalias y volví a pacer mi hierba, mientras los niños comían su merienda.